Que el poder corrompe y que los grupos cohesivos alrededor de los líderes tienden a obnubilarse en la apreciación de la realidad son dos hechos bastante reconocidos por sociólogos y psicólogos. El problema de cualquier sociedad se vuelve aún más complicado cuando, como es frecuente, los dos fenómenos se conjugan en un mismo escenario.
Hablemos primero del absolutismo. Una investigación reciente de los doctores Joris Lammers (Universidad Tilburg, Holanda) y Adam Galinsky (Universidad Northwestern, Illinois) constató experimentalmente la corruptibilidad de los poderosos. En la primera parte del estudio, 62 universitarios, agrupados y acondicionados en contextos de alto y bajo poder, juzgaron o actuaron en diversas situaciones “indecentes” ingeniosamente diseñadas para los propósitos de la investigación. En cada caso, los participantes calificaron el comportamiento propio o el de terceros con base en una escala ética de uno (totalmente inmoral) a nueve (completamente aceptable). Los resultados de la prueba mostraron no sólo influencia negativa del poder en la conducta ética sino, además, que los dueños de la autoridad tienden a juzgar a los demás con una vara moral más estricta que aquélla con la cual ellos mismos se miden. Los débiles, en contraposición, utilizaron métricas similares tanto para juzgarse ellos como para calificar a los poderosos.
“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” es una frase del historiador inglés Lord John Acton escrita hace ya más de un siglo. Una segunda fase del estudio de Lammers y Galinsky agregó a la célebre máxima un ingrediente que no aparecía en el mensaje original del noble inglés. En el nuevo experimento, esta vez con 105 voluntarios, los poderosos fueron separados en dos grupos, unos con autoridad incuestionable, a la cual tenían derecho “natural”, y otros con privilegios “ilegítimos” que no les correspondían. Sorpresivamente los simulacros efectuados mostraron que, si bien el poder corrompe, la corrupción ocurre preferencialmente cuando quien lo ejerce siente que lo merece, que es una especie de “enviado” para desempeñarlo. Con este “autonombramiento”, el jerarca de turno se convierte simultáneamente en ejecutante y árbitro. (Esta conclusión explica —psicológica mas no moralmente— la justificación de su conducta que, en una entrevista muchos años después de ser depuesto, reveló el ex presidente Richard Nixon: “Si el presidente lo hace, no es ilegal”).
El segundo mal alrededor del liderazgo excesivo proviene del mal llamado “pensamiento grupal” (groupthink en inglés), un vicio o falla social, así su denominación suene positiva. El pensamiento grupal es una manera anómala de actuar en la cual los miembros de un conjunto, buscando mantener unanimidad, tienden a cerrar sus ojos ante realidades inobjetables y a ignorar caminos razonables de acción. Los grupos cohesivos de apoyo que siempre aparecen alrededor de los poderosos —los devotos de la causa, los fieles servidores del líder, los beneficiarios del sistema autocrático— son especialmente proclives a este comportamiento.
En los años setenta el psicólogo norteamericano Irving Janis documentó detalladamente las causas y los síntomas del pensamiento grupal. Las causas incluyen la homogeneidad del grupo (política, social, racial, religiosa…), el aislamiento espontáneo o provocado de fuentes externas de información y, el tema de esta nota, el liderazgo notable de quien ejerce el mando. Los síntomas comprenden, entre otros, la creencia ciega en la moralidad del grupo, la descalificación indiscriminada de todos los que no pertenecen a él, la presión para “enderezar” a los desleales, y la censura a las ideas que se desvían del consenso.
La verificación cuantitativa y el estudio científico detallado de los perjuicios del pensamiento grupal están restringidos por las dificultades implícitas en la medición de factores subjetivos. No obstante esta limitación, el impacto perjudicial del pensamiento grupal es evidente y los ejemplos abundan. Dos fiascos contemporáneos sobresalientes originados en el pensamiento grupal son la invasión norteamericana a Irak sin pruebas contundentes que la justificaran y la concentración de la investigación de la física moderna durante las últimas tres décadas en un campo sin futuro científico como lo es la denominada Teoría de las Cuerdas.
Es pues evidente que un dirigente fuerte y un séquito incondicional pueden ocasionar daños mayores a cualquier sociedad. Los dueños del poder que manipulen hábilmente a sus dirigidos para ganar su lealtad, para “agruparlos” diría Irving Janis, resultan funestos en cualesquiera circunstancias. Nada puede ser tan nocivo socialmente como una corrupción con respaldo mayoritario. Por esta razón las reelecciones de gobernantes autoritarios con elevado capital electoral, sea éste legítimo o negociado, son tan inconvenientes como riesgosas. Tales reelecciones, tan de moda en la Latinoamérica del siglo XXI —unas de personas, otras de dinastías— están ya mostrando sus consecuencias lamentables en esta región.
Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE
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1 comment:
Le faltó agregar que en los grupos aglutinados no solo se enceguecen los miembros sino que le tapan la realidad al líder, empeorando su situación.
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