Sunday, April 20, 2014

Hay misterios que la ciencia aún no explica


En el mundo hay misterianos y cientistas. Los misterianos aseguran que, aunque los investigadores descifran casi todo, siempre habrá enigmas eternos, sobre todo en el territorio de la consciencia, que excederán la capacidad de sus mentes. Sus contradictores, los cientistas, sostienen que el poder de la inteligencia carece de barreras y que, con el tiempo, todos los fenómenos de la naturaleza serán explicados.

La materia oscura, una sustancia hipotética concebida por los astrónomos para intentar darle sentido a atracciones gravitatorias ejercidas por ‘masas fantasmas’, sirve de ejemplo para ambas corrientes. Si la materia oscura, así sea transparente, tiene ancho, largo y profundidad, como cualquier cuerpo tangible, con certeza la vamos a entender algún día. Por el contrario, si la rara sustancia se mueve en dimensiones por encima de la tercera, dudo que lleguemos a comprenderla.

La materia oscura, llamada así porque no genera, absorbe o refleja luz y, por lo tanto, es invisible, tiene al mundo científico re-loco; de ella solo se conocen dos peculiaridades. La primera es su presencia por todo el cosmos, manifestada en la fuerza gravitacional que ejerce sobre el vecindario. Sin esa atracción, sostienen los astrofísicos, y como consecuencia de la altísima velocidad rotatoria de las porciones exteriores de numerosas galaxias, los cuerpos siderales en tales porciones se saldrían de órbita y armarían un despelote cósmico mayor.

La segunda característica es su magnitud formidable. Según el último censo del universo, la materia ‘clara’ captable por los telescopios es apenas una sexta parte del gran total, como quien dice, la mayor parte de las masas cósmicas se encuentran ocultas. (Imagínese en una fiesta de seis personas donde usted, el único visible, no puede ver a los otros cinco).

A pesar de haber sido descubierta (aunque no ‘destapada’) hace ya ochenta años, los académicos desconocen la naturaleza de la materia oscura. En medio de la confusión, algunos científicos están insinuando la posibilidad de que la tal sustancia exista en las dimensiones cuarta, quinta y sexta (en las cuales se hallarían las otras cinco personas de la fiesta con las que usted no puede bailar).

Joseph Silk y varios colegas de la Universidad de Oxford, Inglaterra, sugirieron desde hace una década que las hipotéticas dimensiones adicionales pueden inferirse del extraño comportamiento de la materia oscura. (Si en las tres dimensiones de mi apartamento hay olor a comida sin estar yo cocinando, los aromas tienen que provenir de un cubículo en ‘otra dimensión’ habitacional). Recientemente, ya en el 2013, escribe Mark Prigg en la revista ‘New Scientist’: “¿Esconde la materia oscura un universo paralelo? Numerosos investigadores creen que la misteriosa entidad bien podría contener su propio mundo alterno”. La posibilidad de universos múltiples y dimensiones sobrepuestas parece pues estar entrando en la cabeza de muchos físicos.

Mi carácter cientista me dice que la evolución diseñó el cerebro humano para la supervivencia individual y de la especie, no para que explicara el universo. Nuestro computador neuronal solo distingue las tres dimensiones que nuestros remotos antepasados necesitaron para subsistir. Las dimensiones extras pueden ser matemáticamente elegantes pero nuestra retina no logra discernirlas; si en verdad existen, los lejanos ancestros jamás las necesitaron para flechar al ciervo que se iban a merendar.

Las hipótesis sobre mundos paralelos no son verificables con experimentos desde laboratorios terrenales.  La materia oscura le está ofreciendo un nuevo aire a las súper-hipotéticas teorías de las cuerdas, las abanderadas de los eventos más allá de la 3D. Creo que jamás haremos contacto con la 4D o con otras dimensiones superiores. Mi cerebro tridimensional puede por tanto dormir tranquilo y soñar, si le place, con habitantes de mundos alternos.

Los universos paralelos serán por siempre enigmas impenetrables (aquí soy misteriano). Por otro lado, estoy seguro que, si la materia oscura existe en nuestras tres dimensiones, los científicos sí descifrarán su naturaleza algún día (retorno a ‘cientista’). Cuando los sabios lleguen al meollo del asunto, y de eso también tengo certeza, las explicaciones del misterio serán tan complejas que solo una selecta minoría erudita logrará asimilarlas.

Para el resto de los mortales, la materia oscura, cuyo esclarecimiento ganará un Nobel, seguirá siendo un ente invisible en el que creeremos por un acto de fe en los genios astrofísicos. Lo único que sí nos será evidente será la noticia de la adjudicación del premio y la foto del rey de Suecia entregándolo.

Gustavo Estrada
Atlanta, abril 20, 2014
www.harmonypresent.com

Tuesday, September 10, 2013

¿Por qué somos creyentes?

Las creencias metafísicas parecen tener la misma edad de la humanidad. Algunos de los fósiles más antiguos hallados cerca al ‘paraíso terrenal’ en Etiopía, insinúan que desde su remoto comienzo el ‘Homo sapiens’, que allí apareció, ya estaba preocupado por el más allá. A manera de ejemplo, tres cráneos, de hace 160.000 años, encontrados en el 2003 cerca de Addis Abeba, la capital de ese país, muestran notorias evidencias de rituales mortuorios. Dos de las calaveras parecen haber sido trabajadas cuidadosamente con herramientas de piedra para extraer el tejido blando del interior del cráneo, poco tiempo después de que sus dueños fallecieron. ¿Indica esto que la religiosidad está codificada en nuestros genes? No parece ser así.

Si la religiosidad fuera una característica programada en el ADN, como el lenguaje o el entendimiento, todo el mundo sería religioso. El hecho de que los ateos, los agnósticos y los impíos abundan y están en alza es clara señal de la inexistencia de genes específicos para mandamientos, paraísos, dioses o ceremonias sagradas. La siguiente pregunta surge sola: Si la religiosidad no es genética, si no existen genes para lo espiritual, lo paranormal y lo oculto, ¿por qué tienen entonces en el mundo moderno tanta aceptación y tantos adherentes todas las expresiones de la fe, la parapsicología y la superstición? La respuesta se encuentra en los memes.

Los memes, un término acuñado por el biólogo Richard Dawkins, son las ideas, las costumbres y los comportamientos que se propagan espontáneamente entre los individuos de una cultura. ‘Meme’ proviene del vocablo griego ‘mimeme’ que significa ‘imitación’ y que el doctor Dawkins acortó para que rimara con ‘gene’ (‘gen’ en inglés).

La práctica de la religión, al igual que todas las conductas que le son afines, así no sean sagradas, es la resultante de factores moldeados por fuerzas ambientales. Las religiones son fenómenos de la cultura, no de la natura; son ‘meméticas’, no genéticas.

Durante los milenios que antecedieron al invento de la escritura, los componentes de la religión -dogma, moral y ritos- resultaron de tradiciones improvisadas por nuestros antepasados. Al igual que todas las adaptaciones sociales, estas tradiciones evolucionaron hacia las costumbres que, al reforzar el sentido de pertenencia y el aglutinamiento grupal, favorecieron la supervivencia de la tribu. Por esta razón, los tres componentes están presentes en todas las civilizaciones, aún en aquellas que son profanas.

Los creyentes sienten que su religión es parte integral de ellos. El novelista ruso Fiódor Dostoievski, por boca de uno de ‘Los hermanos Karamasov’, lo expresa con hermosa profundidad: “En la cabeza, hay nervios que tienen fibras, y cuando estas fibras vibran se forma una figura y aparece en la imaginación un objeto, una escena. Así ocurre la percepción, que se materializa porque tenemos fibras, y no porque tengamos alma y estemos hechos a imagen y semejanza de Dios… Ayer mismo me habló de esto Mikhail. Y desde entonces me tortura la idea. ¡La ciencia es magnífica! El hombre progresa; esto es natural… Sin embargo, ¡cómo me hace de falta Dios!”

Las preguntas sobre los misterios de la vida y de la muerte debieron ser la causa de las primeras creencias prehistóricas. “Nada nos atemoriza más que las cosas que no entendemos”, sostiene el escritor Mike Rich en el guión de ‘Descubriendo a Forrester’, la excelente película. Y agrega: “Cuando no entendemos alguna cosa, acudimos siempre a las suposiciones”.

Aún con los desarrollos impresionantes de la ciencia, las preguntas trascendentales del ser humano -la consciencia, la experiencia subjetiva, la facultad de la razón, las emociones y los sentimientos- todavía no tienen respuestas satisfactorias del análisis o la síntesis. Los seres invisibles y los poderes desconocidos continuarán llenando ese vacío; tales entidades nos resuelven todos los enigmas, sin importar la insensatez de las suposiciones. Por su infinito y atribuido poder, los dioses supremos siempre han fascinado al ‘Homo sapiens’ y le han tranquilizado sus angustias desde aquellas remotísimas épocas cuando se hizo las primeras preguntas. Y esto seguirá así por muchas décadas… Por más que se fastidien los ateos.
 

Gustavo Estrada
Autor de ‘Inner Harmonythrough Mindfulness Meditation
gustrada1@gmail.com

Sunday, September 1, 2013

¿Hasta dónde progresarán los súper-computadores?

Me resisto a aceptar que los humanos pronto construiremos máquinas similares o, menos aún, superiores a nosotros -máquinas que piensen, comprendan, resuelvan problemas, tengan consciencia, , experimenten placer y dolor, y sientan emociones. No obstante, en el territorio de la fisiología la ciencia-ficción tiene hoy mucho más de ‘ciencia’ disciplinada que de ‘ficción’ utópica. Muchos futurólogos son bien agresivos en sus predicciones y unos cuantos sostienen que los computadores no solo nos dejarán atrás sino que nos dominarán. El inventor Ray Kurzweil pronostica que los humanos estaremos produciendo robots conscientes hacia el año 2030 y que para el 2046 los computadores nos habrán superado. Espero que no.

Comúnmente los diseñadores de software y hardware han programado sus sistemas de cómputo ciñéndose a las reglas del pensamiento lógico, organizadas estas por cerebros idénticos a los de los diseñadores. En otras palabras, los actuales sistemas computarizados funcionan de la misma manera que lógica corriente (aunque más rápido), imitando nuestra facultad de razonamiento, uno de los cualidades cumbre del Homo sapiens.

Ahora unos visionarios, que se auto-denominan ‘ingenieros neuromórficos’, se han trazado como objetivo el diseño de computadores que operen, no cómo una de las cualidades del cerebro (esto es, no como las reglas de la lógica), sino como el dueño de esa cualidad (esto es, como el cerebro mismo).  En vez de imitar sus propiedades, los ingenieros neuromórficos esperan construir aparatos que sean ‘cerebros’.

Según Karlheinz Meier, físico de la Universidad de Heidelberg y uno de los líderes de la nueva ingeniería, para alcanzar el ambicioso objetivo las revolucionarias máquinas deben, como mínimo, tener tres características que nuestro cerebro sí tiene pero los computadores actuales no: (1) Bajo consumo de energía, (2) tolerancia a y autocorrección de fallas, y (3) capacidad de auto-aprendizaje. Mientras nuestro cerebro consume solo veinte vatios cualquier súper-computador gasta megavatios. Mientras que un transistor estropeado puede paralizar un equipo, las neuronas se reparan ellas mismas y, en algunos casos, el sistema nervioso puede reemplazar las que sucumben. Mientras que a los computadores hay que enseñarles a aprender, el cerebro posee esa capacidad innata.

Hay presupuestos grandes y proyectos ambiciosos para la ingeniería neuromórfica. Ciertamente ocurrirán desarrollos extraordinarios tanto en robótica, en general, como en los sistemas especializados de apoyo a las funciones fisiológicas (visión, audición, movilidad…) Los anuncios continuos de portentosos equipos y programas no pararán de sorprendernos.

La lista del doctor Meier, sin embargo, me parece incompleta. Es obvio que la velocidad de proceso y la capacidad de almacenamiento de datos de nuestros cerebros no podrán competir con las de las súper-máquinas. Pero no son las matemáticas ni la física (que tanto disfruté de estudiante) los dominios que nos hacen humanos. Dudo que de aquí al 2046 haya equipos que simulen nuestra sensibilidad al placer y al dolor, o las emociones y los sentimientos que de ellas resultan.

Y mejor que así no ocurra. Los sentimientos incluyen, por igual, tanto amores y odios como altruismos y ambiciones. Quienes vieron “2001: Odisea Del espacio”, la película de 1968 del productor Stanley Kubrick y del novelista Arthur C. Clarke, quizás recuerden que HAL, el computador que allí ‘actúa’, tiene emociones, se rebela contra la tripulación de la nave y asesina a uno de los viajeros. Algunos futurólogos consideran que, como HAL, los robots trataran de dominarnos una vez nos superen, esto es, que tendrán ‘intensificados’ nuestros odios y ambiciones, defectos estos que entre los humanos actuales parecen superar a nuestros amores y altruismos. 

HAL no se materializó en el 2001 y confío que las súper-máquinas del 2046 no se enamorarán ni saltarán de alegría cuando ‘su equipo de fútbol’ haga goles. (¿Podrán tener equipo favorito?) Y, si alguien les rompe de un golpe cuatro circuitos integrados, no gritarán “Ay hijuep…” (A menos que las hayan programado para actuar y el golpe no las haya noqueado.) Y, si no son capaces de hacer esto, mucho menos querrán adueñarse de la Tierra.
 
Gustavo Estrada

Saturday, August 17, 2013

Atención total y voces imaginarias


La atención total es la observación continuada e imparcial de nuestro cuerpo, nuestras sensaciones y nuestros estados mentales. La atención total, según el Buda, es el camino que conduce a la eliminación del sufrimiento y, por ende, al surgimiento de la armonía interior. Aunque la psicóloga Eleanor Longden, una investigadora de la Universidad de Leeds, Inglaterra, desconoce las enseñanzas del Buda (o, al menos, no las menciona), la observación cuidadosa de sus sensaciones auditivas y de sus estados mentales la ayudó a salir del infierno de las voces imaginarias que la atormentaron por varios años.

Fue un día cualquiera cuando Eleanor, saliendo de una clase universitaria, escuchó por primera vez una voz firme y calmada que, sin venir de ninguna parte, exclamó: “Ella está saliendo del edificio”. La aterrorizada joven corrió a casa y, cuando llegó, escuchó la voz de nuevo: “Ella está abriendo la puerta”. El drama, que pronto incluyó todo un repertorio de frases, ‘locutores’, visiones, doctores, siquiatras, hospitalizaciones, medicación y el estigma social de la esquizofrenia, duró más de un lustro.

Gracias al apoyo continuado de unas cuantas personas y, en particular, al de un médico muy ecuánime, Eleanor comenzó a entender que las voces ‘imaginarias’ eran resultantes de eventos traumáticos en su vida y generadoras de guías sutiles que le permitirían penetrar en sus problemas emocionales. La comprensión de que las voces mismas facilitarían su sanación la llevó a la atención cuidadosa de las señales que esas voces y sus ‘estados mentales’ le estaban comunicando.

Diez años después del primer mensaje ‘fantasmagórico’, Eleanor obtuvo un grado con honores en psicología, seguido por una maestría, también laureada. Ahora, cuando aún escucha las voces (reaccionando eso sí de manera diferente), la psicóloga está completando un doctorado en Leeds.

Hasta hace poco la ciencia médica atribuía las alucinaciones a factores genéticos desconocidos que ‘condenaban’ a sus víctimas a la esquizofrenia o que las predisponían hacia semejante agravio. Esto está cambiando. Según la psicóloga Longden, ahora activista de un movimiento que promueve la aceptación natural de las ruidosas voces interiores, “una proporción alta de los millones de personas diagnosticadas con esquizofrenia no sufren de desbalances neuroquímicos o de errores genéticos sino que sus desvaríos se originan en abusos, frustraciones mayores, rechazos sociales u otras situaciones traumáticas”.   

La ocurrencia de visiones fantasiosas es mucho más común de lo reconocido. Nuestro cerebro tiene el diseño neuronal para generar tales experiencias y por ello soñamos con tanta claridad. Quizás los amigos imaginarios de los niños son mas ‘reales’ de lo que los adultos creemos. Igualmente, esta ‘anomalía natural’ bien podría ser la explicación neurológica de las ‘misteriosas’ apariciones de vírgenes, profetas, ángeles y fantasmas. Pronto lo sabremos.

Volviendo a la esquizofrenia misma, aún en los casos extremos como el del notable doctor John F. Nash, es en la aceptación de la ‘irrealidad’ de las visiones -¡qué paradoja!- donde radica el comienzo de la sanación. (¿Recuerdan la película “Mente brillante”?) Los dramáticos desvaríos del Nobel de Economía 1994 solo se le volvieron manejables cuando, como lo manifestó en una entrevista, “aceptó las voces de una forma más compasiva, no como síntomas sino como adaptaciones y estrategias de supervivencia –reacciones sanas a circunstancias insanas”.

 “La sociedad tiene un largo camino por recorrer antes de sacudir completamente los estigmas asociados con la esquizofrenia”, dice la futura doctora Longden. “Un punto de arranque es preguntar no ‘¿qué anda mal en usted?’ sino más bien ‘¿qué le ha sucedido?’” Y concluye que “tratar las ‘voces’ como síntomas, y no como experiencias, solo puede empeorar la condición.”  
Solo cada persona -el individuo mismo y no su analista- puede observar y sacar conclusiones confiables de lo que le sucede. El papel del profesional es ayudar, no juzgar. Las comunicaciones paciente-terapeuta siempre serán imprecisas. El ‘experto’ compara los datos recolectados con sus manuales de diagnóstico para extrapolar unos síntomas cuestionables hacia un dictamen que el afectado tiende a considerar definitivo. Su sufrimiento, ya intenso, se torna más grave y la entereza para contemplar imparcialmente sus estados mentales, no siempre presente, se hace más esquiva… Justamente cuando el afligido más la necesita.

Gustavo Estrada

gustrada1@gmail.com  

Saturday, August 3, 2013

¿En cuál Dios no crees?


Yo no niego ni defiendo la existencia de Dios. Mi aproximación agnóstica a la divinidad, expresada en un escrito reciente, generó variadas reacciones.  Provenientes tanto de radicales ateos como de fervorosos creyentes, los comentarios cubrieron la gama completa, desde tolerancia y amabilidad religiosas hasta dogmatismo y mordacidad de ambas partes. La medalla de oro de los comentarios recibidos se la adjudico a alguien que definió agnóstico como “un ateo que no quiere salir del closet”. ¿Será que me siento cómodo en mi escéptica reclusión? Pienso que no es comodidad sino realismo: Es imposible aceptar o discrepar de algo que está confuso.

El agnosticismo dice que el entendimiento humano no tiene acceso a nociones tales como la divinidad o el alma que están más allá de la experiencia directa y del método científico. En el mismo orden de ideas, el mitólogo Joseph Campbell define a Dios como “una metáfora para lo que trasciende todos los niveles del pensamiento lógico”.

La dificultad con la noción de Dios radica en que, por su carácter abstracto, cada religión tiene su propia versión y sus creyentes terminan desarrollando un perfil personal de su propio Creador. (Por supuesto que para cada devoto los dioses de los demás credos son falsos). De igual forma, los ateos tienen una idea exacta del dios que rechazan pues, al igual que para creer, para renegar de algo también tenemos primero que imaginárnoslo.    

No debería haber tanta confusión. Los diccionarios generalmente tienen una sola acepción del Todopoderoso: “Ser supremo considerado hacedor del universo”. Cuando una religión se propaga o se impone en otras sociedades, cambia la cultura del sitio donde llega y, en el proceso, los recién convertidos también ajustan la religión a sus costumbres. Por eso hay tantas versiones de cristianismo, islamismo, hinduismo o budismo.

Los cristianos y los musulmanes tienen un solo Dios; sus diversas corrientes, sin embargo, tienen diferencias notables tanto en sus profetas sagrados como en sus creencias y rituales. Los hinduistas son chéveres y pueden ser monoteístas, politeístas, ateos o agnósticos; lo que aglutina al hinduismo es el principio de la unidad de todo lo existente. ¿Podría ser este principio un equivalente de Dios? La líder espiritual hinduista Mata Amritanandamayi Devi dice que “Dios es la consciencia pura que habita en todas las cosas”.

No hay pues acuerdo posible sobre la divinidad. Para el arquitecto Frank Lloyd Wright Dios es “el motivador misterioso de lo que llamamos naturaleza”; para el novelista Leon Tolstoy, “el infinito total del cual el hombre sabe que es parte”; para el filósofo Baruch Spinoza, “la armonía de todo lo que existe”; para el biólogo Stuart Kauffman, “la incesante creatividad misma del universo”.  No me digan, amigos ateos, que aquí no hay material interesante.

Si vamos a discutir la noción de Dios, pues, como mínimo, tenemos que precisar el tema que se va a debatir. (Los agnósticos, de entrada, decimos “paso”). Las guerras religiosas comienzan por causas absurdas y el Dios de cada cultura es ‘absolutamente verdadero’ solo para ella misma.

Las religiones se originaron tanto por nuestra curiosidad por el remoto comienzo (¿de dónde vinimos y en qué forma arrancó todo esto?) como por nuestro temor al incierto final (¿para dónde nos iremos cuando se nos apague el motor?).
Según el cosmólogo Alexander Vilenkin, entre muchos otros científicos, antes del big bang que inició el universo dizque no había nada -ni materia ni energía ni espacio ni tiempo-. Con el perdón de los ateos, para mí aceptar tal cosa es un acto supremo de fe. Comentando tan descomunal misterio, el escritor científico norteamericano Steve Nadis sugiere que, aunque el universo sí puede haber resultado de la nada ¡explíquenmelo, por favor! las leyes de la física ya tenían que estar allí, en el mismo instante de la gran explosión, para regular esa asombrosa transición de cero a algo. Esas leyes de la física, digo yo, bien podrían ser otra definición de Dios, distinta de todas las anteriores.

Gustavo Estrada

gustrada1@gmail.com  

Monday, July 22, 2013

¿Necesitamos maestros espirituales?


No fue solo en la música donde los Beatles dejaron huella. Dada su celebridad, el viaje de los fabulosos de Liverpool a la India en febrero de 1968 para enclaustrarse unos días en el centro de retiros de Maharishi Mahesh Yogi fue el gatillo que disparó el interés por la meditación en occidente. Después de aquello, preguntas como “¿Tienes tu propio mantra?  ¿Cómo estás buscando la iluminación? o ¿Quién es tu gurú?” se volvieron pan diario en los círculos de los inconformes, los buscadores de la ‘verdad’ y, por supuesto, los ‘snobs’. Por unas semanas, el Maharishi se transformó, con gran beneficio para su movimiento, en el guía místico de los cuatro famosos muchachos.
Casi medio siglo después y ya siendo parte de la historia de la música, los Beatles suenan lejanos. La meditación, en cambio, está ahora más ‘in’ que nunca. Es apenas razonable que a los neófitos les asalte una sensata inquietud: ¿Necesitamos maestros espirituales? Las respuestas de la ciencia moderna y la de un sabio antiguo son ambas negativas.

La ola meditativa, creciente desde aquel distante febrero, ha generado en paralelo un mareaje científico igualmente interesante. Reconocidos los innegables beneficios de la meditación, la pragmática ciencia occidental, que no come cuentos abstractos, le metió pronto muela al análisis cuidadoso de lo que sucede en el cerebro de los practicantes. La onda investigativa se ha sostenido y la tecnología le ha facilitado hallazgos notables.

Mediante la aplicación de escáneres y tomografías a las cabezas de experimentados meditadores, los estudiosos han ubicado las regiones cerebrales que se activan o se aquietan durante los trances meditativos. Los ‘dóndes’ están identificados y las imágenes computarizadas han confirmado que la serenidad y el éxtasis de los meditadores en ‘acción’ (o, más bien, en inacción) son fenómenos físicos y cerebrales y no, de ninguna manera, metafísicos o espirituales.

Aunque los ‘porqués’ de los múltiples beneficios de la meditación no están todavía aclarados, los neurólogos sí han eliminado tanto el aura misteriosa de la meditación como el peso místico de los gurús. En la misma dirección ya había hablado el Buda, el desarrollador de la meditación de atención total, veinticinco siglos atrás.

Según una de las narraciones más conocidas de la literatura budista, los habitantes de algún lugar estaban confundidos con la multiplicidad de doctrinas divulgadas por los numerosos predicadores que allí llegaban. Cada mensajero presentaba su dogma como la verdad revelada para alcanzar la salvación mientras que las teorías de los demás eran enseñanzas falsificadas. Estando allí el Buda, un vocero improvisado de la audiencia le demanda un criterio claro para saber a quién creerle: “¿Cuáles de estos predicadores son honestos y cuáles nos engañan?”

La respuesta del Sabio fue tajante: “No se guíen por aquello que han escuchado muchas veces, sea por tradición, rumores, escrituras, especulaciones, inferencias o razonamientos; tampoco se rijan por el hecho de que este o aquel iluminado sea su maestro. Cuando ustedes sepan, por ustedes mismos -por experiencia directa-, que ciertas prácticas son provechosas y que cuando las cultivan conducen al bienestar y a la armonía, solo entonces ustedes deben seguirlas.”

La meditación continuada y perseverante conlleva, por sí misma, al bienestar y a la armonía que mencionaba el Buda. Un instructor que provea direcciones básicas y guíe al estudiante en sus primeras sesiones de meditación siempre resultará conveniente; esto llevará al principiante a la experiencia directa de los beneficios. Tal instructor, sin embargo, no debe crear dependencia alguna en el alumno. Después de unas cuantas clases, el estudiante ha de ‘volar solo’.

Instructor es quien instruye; maestro es quien, en este contexto, ‘amaestra’. El instructor ha de apoyar al aprendiz en el desarrollo de su capacidad de estar atento, a través de técnicas sencillas como la meditación de atención total.

El ‘maestro’ de doctrinas comerciales, en cambio, puede volverse perjudicial y convertirse en el ‘domador’ que busca ‘amaestrar’ al alumno en su culto. Los gurús tienen que evitarse. El ejercicio de la meditación ha de ser desinteresado y no debe perseguir la iluminación o necesitar mantras… Tampoco requiere de maestros espirituales.

 

Gustavo Estrada


Thursday, July 11, 2013

Creacionistas y agnósticos

Circula por Internet una versión moderna -PowerPoint bien hecho, agradable música de fondo- de un antiguo panfleto creacionista. A pesar de lo imaginativa, la presentación aplica razonamientos sesgados e incongruentes, asemejándose a los alegatos de los abogados cuando excluyen los hechos que desfavorecen al acusado y manipulan aquellos que le benefician.

Los creacionistas afirman la existencia de un Ser Superior, formado a imagen y semejanza del hombre, quien es hacedor y comienzo de todo lo terrestre y todo lo sideral. Según ellos, las maravillas del cosmos y la perfección de sus detalles no son, no pueden ser, fruto de la casualidad y, por lo tanto, tiene que haber un Creador detrás de ellas. Los ateos, en el otro extremo, con una posición tan radical como la de los creacionistas, niegan de plano cualquier idea de un Ser Supremo. Cual verdad revelada, Dios no existe. Y punto.

Los agnósticos no aceptamos ni negamos a Dios. Como no hay pruebas racionales ni conocimientos suficientes en ninguna de las dos direcciones, la pregunta de su existencia nos tiene sin cuidado pues desconocemos la respuesta. Siendo Dios una noción tan abstracta, su realidad o ficción dependen demasiado de cómo tratemos de aterrizar la definición. Dios podría estar inmanente en todas las cosas, como sostienen los panteístas. O quizás podría tener múltiples manifestaciones en deidades menores (el amor, la guerra, la sabiduría…) como en la mitología griega.

Dios también podría ser un súper-conjunto de leyes (que quizás nunca comprenderemos completamente), similares a la fuerza de la gravedad. Cada principio operaría de forma indiscriminada sobre todos los cuerpos y, sin embargo, al igual que la gravedad, jamás se preocuparía de si quien cae desde un quinto piso por la atracción de la Tierra es un inocente bebé que gateaba por el balcón o un asesino que se escabullía después de cometer algún crimen. Este súper-conjunto impulsaría y regiría todos los cambios.

En los fenómenos del universo, cada desequilibrio -físico, químico, biológico, social- genera fuerzas que luego desplazan a la entidad afectada hacia un nuevo balance.  Los reajustes pueden durar segundos o siglos; la naturaleza nunca tiene afán. La supervivencia de lo estable determina las entidades -astros, moléculas, bacterias, seres complejos, sociedades- que han de perdurar… Hasta la siguiente perturbación.

Los creacionistas argumentan que, cómo no puede haber pinturas sin pintores, edificios sin constructores o carros sin fabricantes, tampoco sería posible la existencia de flores hermosas, niños inocentes, cerebros geniales o sistemas planetarios si no hubiera un Hacedor de tales portentos; semejantes maravillas, dicen ellos, no pueden ser resultados del azar.      

El razonamiento, intencionalmente incompleto, excluye las anomalías violentas de la materia y, dado el silencio al respecto, estas sí serían accidentales pues el Ser Supremo allí no interviene para evitarlas, sean ellas un gran estallido estelar (una supernova) o un terremoto (la ruptura repentina de placas tectónicas). No encuentro incompatible mi agnosticismo con mi incredulidad en tal Ser Supremo, autor y causa de lo perfecto, y testigo cómplice de los desastres naturales y las maldades humanas.

No podría aceptar la existencia de un Ser Superior que se limita a presenciar el tsunami del Océano Indico o las destrucciones atómicas de Hiroshima y Nagasaki.  Menos aún cabe en mi cabeza -y aquí brota mi dolor íntimo- divinidad alguna que permita los actos del terrorismo islamista como el de Amenas, Argelia, donde murió mi hijo el pasado enero.

Mi agnosticismo prefiere adherirse a la interpretación de que tales desastres son los efectos finales de interminables cadenas de causas fortuitas y efectos inesperados. No, esos resultados no pueden haber sido producidos ni contemplados con indiferencia por un omnipotente como el de los creacionistas que sí, en cambio y según ellos, se entromete activamente en la construcción de cada una de las cosas bellas del universo.

 

Gustavo Estrada